Amplias secuencias de imágenes aparecen cuando pienso en mi último viaje al lejano Oriente. Quiso el destino, en su inexplicable lucha, borrar distancias entre esta zona del país y yo. He cruzado en varias ocasiones la línea divisoria. Una vez Santiago de Cuba y el Pico Turquino, otra el softball de la prensa me llevó a Bayamo, también Holguín apareció a través del evento deportivo que justifica las borracheras entre los hombre del gremio y en la última oportunidad fue la misma razón que me impulsó hace dos meses a la aventura que quiero compartir.
Mi objetivo es describir lugares que quizás muchos han disfrutado, estimular el recuerdo, por aquello de que “recordar es volver a vivir”.
PD: Curiosidad: las tres veces que he estado en la ciudad de Holguín no he subido la Loma de La Cruz. Y eso es como ir a La Habana y no ver el Capitolio.
“Difícil Travesía o la Odisea”
Pensaba viajar en avión, pero mi abuela no tenía el sábado los venerables convertibles y tuve que esperar al lunes para que los retirara del banco. El martes al mediodía me esperaban en Holguín. En un arranque puro de aquellos que no tienen ni perritos ni gaticos dije: ¡Me voy por carretera! Y sin darme cuenta estaba en un almendrón hasta Colón, después otro animal de esa especie hasta la Ocho Vía y en ese momento comenzó la pelea encarnizada por enrumbar la barca en el mar bravío, y con Penélope esperando en la otra orilla.
Compré unas galletitas dulces de esas que no se sabe nunca de donde salieron. Mientras me rompía los dientes masticando los especimenes que semejaban golosinas, me detuve a mirar donde estaba, los por qué, los pero…
Si muchos han estado en el punto de recogida de Aguada de Pasajeros me darán la razón, el desolado lugar está adornado en la actualidad con una ultramoderna e ¿incomoda? caseta de fibrocemento, en el separador se alza una sombrilla donde los venerables amarillos dejan su alcancía y su portento físico. Aquí aparece un personaje digno de describir. Junto a los de traje amarillo había un inspector estatal de transporte, a juzgar por el uniforme que vestía, llevaba una bicicleta Forever de esas que salvaron a tantos durante el período especial y en los dientes todo el tesoro en oro del Sultán de Brunei… ¿un inspector estatal? Pues el señor, digo, los señores con tablilla en mano se aprovechaban con un descaro absoluto de la necesidad de viajar de varias decenas de personas que estábamos allí.
Paraban los carros de todo tipo, y de un precio oficial que ronda los tres pesos cubanos pedían hasta 100 pesos, cosa que el necesitado en un arranque de masoquismo “barato” pagaba sin chistar. Así pasaron las horas y el bolsillo engordaba más que la típica y risible alcancía que cargaban. El ritual era el mismo, el vehículo se estacionaba a unos metros de la gente, el chofer cruzaba unas palabras con los generosos inspectores (traduzco: oye, tanto pa ti, y otro tanto pa mí) y con hilarante parsimonia endosaba:
- 100 pesos a Las Tunas.
Y lo más jodido era su risa de Papá Noé, la mirada de héroe, de salvador. Así pasaron 8 horas, cero comida, cero agua. Menos mal que en momentos difíciles se multiplica la solidaridad del cubano y una señora me dio de su preciado líquido y yo le rompí los dientes con las galleticas que me quedaban.
Después de ese tiempo me monté en un ómnibus articulado, de los que sustituyeron a los camellos en La Habana con destino a Ciego de Ávila, 10 kilómetros después yacía semimuerto, yo entre marabú y marabú sin al menos aquello que creía el antro de la incomodidad pero que ahora añoraba con nostalgia: los bancos de fibrocemento del punto de recogida de Aguada de Pasajeros.
En el articulado viajaban alrededor de 50 personas, las que se desparramaron a lo largo de la carretera en una lucha bestial por la supervivencia, el pasaje y contra los mosquitos. A las 11 apareció una guagua hasta Sancti Spiritus, y ya había que montarse en lo que fuera que se acercara a un pueblo donde vendieran pan con timba. Habíamos creado un equipito en el viaje. Un guardia de Granma, y dos paisanos suyos que viajaban porque tenían un familiar enfermo, si no me falla la memoria eran de Güira, o lo que es lo mismo, de la punta de una loma.
Creo que ya estoy llenando cuartillas en esto de contar una travesía que es mejor olvidar, Sancti Spíritus, tanque lleno de pan con jamón y refresco, guagua hasta Ciego de Ávila y en la zona de la piña ocurrió algo increíble. Cerca de 5 millones de cubanos en la Terminal, imposible la lista de espera, ya me había quedado solo así que estaba desechada la idea de ir para la carretera central, llegaron y se fueron varias guaguas y pude observar a un tipo, de esos tan sui géneris que sabes a primera vista que no son ni pasajero, ni chofer, y que ocupan largas horas de sueño en eso que llaman “la lucha”. Al abordar al tipo en cuestión no pudo decir otra cosa que:
- ¿Asere tú eres guardia o que?- Y mi pobre cara de desamparo, suciedad y desesperación lo convenció.
- Ahora sale el Santiago de Cuba, te sirve hasta Las Tunas, pero tienes que darme tu camisa.

La camisa ( la foto es la última del ejemplar, en el punto de recogida de Aguada de Pasajeros) era más que una reliquia museable, fue la primera prenda de vestir que mi mamá me mandó deVenezuela cuando comenzó su misión hace más de tres años, de ahí el valor agregado. No lo pensé ni media vez, fui a un rincón, saqué pulóver, y esperé el llamado. Salimos caminando y como por arte de magia la guagua de Santiago paró a mi lado, abrió sus puertas y un cómodo asiento me acogió solo por el precio del pasaje y una camisa de menos en el maletín. Después todo fue fácil, en Las Tunas sobraban los carros para Holguín, un largo viaje entre lomas y llegué a mi destino. No había pegado un ojo en 24 horas, además de la incertidumbre, esa que mata. Los que han tenido la oportunidad de un viaje al Oriente en “botella” sabrán que no es de Wiskhy, ni de Havana Club, posiblemente sea el envase de ¿cloro? que venden en el barrio, pero ya eso lo dejo para otro post.