Han pasado muchos años desde la subida a la cima de Cuba. Fui con ganas. Imbuido en la juvenil pasión de estudiante de tercer año de la universidad, además “atlético y deportista”. “Eso pa mi es un pan comío”, pensaba. Iluso.
Ahora revivo esos recuerdos porque creo que se avecina una aventura similar. Pues bien, el Pico Turquino, la cima de Cuba, se encuentra enclavado en la Sierra Maestra a 1974 metros sobre el nivel del mar. La escalada se realiza desde dos direcciones, una por territorio de la provincia de Santiago de Cuba y la otra por Granma. Según el guía (ese personaje que sube y baja tres veces a la semana el trayecto por lo que merece veinte post) el primer recorrido es de 11 kilómetros y medio, mientras que la ladera granmense ocupa 18 kilómetros de andadas entre monte y monte.
Hace cuatro años, con muchas libras de menos, participé en la subida al lugar más alto de Cuba. Mi grupo de 40 personas (algunos novios incluidos) comenzó a ascender bordón en mano a las siete de la mañana, y los últimos en lograr el propósito llegaron a las 2 y 25 de la tarde. Entre ellos este redactor y las obesas. “Me quedé para cuidar la retaguardia”, dije a todos los que se rieron de mi. Y la verdad, ahora que el tiempo sepultó la posibilidad de toda sarta de bromas, es que no hubo un minuto mientras escalaba en el que no recordara cada gramo de nicotina y alcohol que “involuntariamente” llegó a mi cuerpo. Me hincaba de rodillas en el suelo, y solo un oportuno arranque de machismo mientras miraba féminas caminar delante de mi me impulsaba a completar la misión. ¿Para qué? Muchas veces me dije que nunca más subía ese lugar, digno de mulos de carga, y en la actualidad un proyecto profesional me atrapa con la idea de otro sacrilegio (esto último por la cantidad de veces que me cagué en Dios y en todos los santos).
Por Santiago de Cuba la pendiente más inclinada reserva una andanada de escalones de madera y fango. Un único camino se eleva, se retuerce, se pierde en la maleza, vuelve a aparecer, se estrecha en el Paso del Cadete con un rumor que huele a suicidio, se cuela entre las nubes con sabor a frío.
Las galletas matrimoniadas con un dulce de guayaba a medida que se elevaban se volvían insípidas, el oxígeno se reducía al mismo tiempo que las ganas. El bendito pomo de agua sofocaba mi espalda y me maldije por no hacer caso y cargar 500 ml de ron en la mochila. “¿Pa qué te haces?”, me preguntaba siempre que la mochila, solamente con una botella plástica de 1500 ml y la referida bebida, pesaba más que el tronco de Caupolicán.
Después de tres kilómetros hay un lugar que se llama La Majagua, primer descanso obligado y desde donde ya quería regresar. Otra vez el machismo salvador herido ante la idea de que la otra parada oficial sería en el kilo 9 a la altura del Pico Cuba.
Contar lo demás sería caer sobre lo mismo. Subir el Turquino es una experiencia necesaria en cada cubano, a pesar de que después de siete horas de ascensión te maltrata la autoestima el reducido panorama de cuatro piedras, hierba seca y el busto de Martí que subió Celia Sánchez y esculpió Jilma Madera (la misma de El Cristo de La Habana).
Episodios muchos, el estómago que juega una mala pasada ente precipicios y monte tupido, el kalo-fotógrafo pendiendo sobre el vacío para tomar una foto a un Tocororo, Ave Nacional de Cuba, y el bordón de una amiga que golpeó cinco veces la cabeza de su novio a la vista de las nubes.
De todas formas, me alcé a duras penas en la Sierra Maestra. Ahí están mis fotos con esa pinta sabatina-medieval y los recuerdos, esos que intento compartir con ustedes ahora que amenaza un nuevo viaje. Estoy dispuesto.





























